¿Cómo me como al mundo sin que me dé coronavirus?

¿Cómo me como al mundo sin que me dé coronavirus?

abril 1, 2021  |  Mis Articulos, Noticias


Me sobra el tiempo y lo tengo atiborrado de nada. Ahora cocino, lavo, hago el jardín, pinto muebles, sanitizo pasillos y rezo. Rezo mucho pidiendo por la vida y salud de mis seres queridos y la mía. 


Tengo la sensación de que me vienen persiguiendo mis planes, mis sueños, mi vida con su latido pausado y arbitrario. ¿Cómo me va a alcanzar el tiempo para lograr todo lo que quiero si me han quitado ya tantos meses y faltan no sé cuántos más?


Es verdad que yo nunca me habría detenido por voluntad propia. Jamás habría hecho una pausa para analizar tanto y todo. Ver tu vida a la distancia, agradecer, temer, llorar, reír, comer lo que jamás habrías comido si no tuvieras la certeza de que en mucho tiempo nadie te verá ni juzgará tu talla. Esta oportunidad de que todos los días sean domingo es como una bofetada de la vida por quejarnos de los lunes. 


Y luego esa angustia de perder el tiempo cuando obligatoriamente te lo han pausado.


El 2020 (y parte del 2021) han sido los años más raros de la historia de mi vida. El Coronavirus vino a cambiarlo todo.
No voy a mentir, siempre me ha gustado el encierro y nunca me ha molestado mi presencia. Disfruto la soledad compartida y mi casa.

Incluso en mis relaciones, lo que más extrañaba era quedarme todo el fin de semana en pijama, viendo películas y comiendo cosas ricas abrazada de alguien. Ese no es el problema en absoluto, lo que me pasa es que soy controladora y esta incertudumbre me arrebató la acción.


Hay días que me distraigo jugando a la ama de casa o a la empresaria, y me invento proyectos nuevos. Otros días me pesa, no entender cómo descifrar el rumbo que ha tomado la existencia. Se me va la paciencia y me entran miedos. 


Luego llega alguien que parece saber bien de qué trata esto y me explica con absoluta certeza cómo debo hacerle. «Sal, vive, no puedes ser tan aprehensiva. El semáforo está en siga, todo está abierto, todos continúan sus compromisos.» Y me indican que no puedo sentir lo que siento y que debo hacerlo como ellos le hacen. 


Luego otros me aseguran que lo que debo hacer es encerrarme en casa y no salir ni al jardín, que el supermercado es peligroso incluso con cubrebocas, que los zapatos arrastran la muerte hasta la casa, y que hasta el respirar ya implica un riesgo.


¿Cómo es que todos saben tanto de esto y yo no sé nada? 
La gente opina. Es incapaz de sostenerte cuando las cosas no van bien, pero opinan siempre. De todo. Normalmete todos saben mejor que tu como debes vivir. Yo he dejado claro que mi vida no esta a disposición de nadie y me he rehuzado a complacerlos a costa de mi voluntad, pero aún así. Opinan.


Yo solo escucho y agradezco como si fuera a hacer exactamente lo que me dicen.  ¿Cómo puede uno irse de fiesta con el luto de tantos encima? Debe ser más fácil sentir tan poco. 


Hoy parece imposible recuperar el mundo. Nos han robado tiempo de primavera en el encierro y no alcanzo a ver el punto de retorno. ¿Será que podré volver a abrazar a alguien sin temor? Viajar, bailar de cerca, comer palomitas de una misma bolsa, besar…


He tenido tiempo de sobra para peinar recuerdos. ¡Con que defachatez he vivido, he cantado, he escrito, y me he paseado! Muchos dirán que soy una atrevida, y lo soy. Me he atrevido incluso a equivocarme, y vaya que lo he logrado. Pero si este es el fin del mundo, puedo decir que he aprovechado cada minuto, y puedo pedir que por favor me regresen pronto a la carrera porque me falta aún mucho que estropear. Y construir.


Después de rezar, doy gracias por el tesoro de mi compañía. Sé bien que soy muy afortunada. No me hace falta un abrazo de mis seres más queridos, ni comer del mismo plato, ni las pláticas tontas o profundas que no requieren de las nuevas tecnologías. Pero aún así, el «allá afuera» entra por todas partes, la tristeza, la inconsciencia, la desesperación del mundo se cuela junto al frío.

Curioso cómo se intensifican los sentimientos cuando tienes que enfrentarlos sin distractores de la cotidianeidad. Aprender a estar con uno mismo, a escucharte por días y días y días. A lidiar contigo sin el ruido del mundo. ¿Cómo es que lo más urgente se pospuso para fecha indefinida? 
Esto a veces se siente como el fin. Y estoy segura que lo es, es el fin de algo, sin duda. No se si lo sea de todo, pero es el fin de algo.


Vivimos en un domingo eterno, temiendole al tiempo por lo incierto que se ve el futuro. Y rogándole al tiempo que nos regrese al pasado. ¡No sabíamos lo que teníamos!
Esta casa me separa del mundo y sus peligros. Hay días que me atrevo a desafiar esos miedos y a abrir la puerta. Hay días que prefiero guardar el tesoro de mi vida. 
He perdido mi vanidad, y me he atrevido a rechazar uno de los trabajos de mis sueños con tal de no exponer mi vida. Me desconozco pero de algún modo he encontrando una nueva serenidad.


Antes de llegar aquí debían haberlo advertido. Quizás habría hecho lo mismo, pero quizás habría hecho más. Ojalá pronto llegue el día en que pueda hacer más, por eso me guardo, para que si llega, pueda hacerlo. Esto que nos ocurre es un ajuste de cuentas, le hemos faltado al respeto a la vida y nos la esta arrebatando. 


Recuerdo cuando mi tito me contaba que antes los niños podían salir a andar en bici o jugar en las calles de la Ciudad de México. Que andaban solos por ahí. Que se bebía agua del grifo, que pasaba el señor de la leche y que podía uno dejar la puerta de la casa sin llave. Me da angustia pensar que así les contaré a mis hijos, «antes podía uno salir y saludar a los amigos de beso, platicar de cerquita, darles un abrazo. Antes en los cumpleaños se ponían velitas en el pastel y el festejado soplaba sobre lo que todos comíamos. Antes uno podía darle un beso en la boca a un galán sin pedirle sus estudios médicos. Antes uno salía sin miedo, sin cubrebocas, sin riesgos.


Pero también antes uno salía sin pensar en los demás. No entendíamos que si a uno le va mal y se contagia, se hará una cadena de contagios que puede alcanzar a la gente que amamos. Hoy ya deberíamos de haber comprendido que cuidarnos a nosotros mismos implica cuidar al mundo.

Para estas alturas tendría que estar claro que debemos cuidar nuestra casa y que por casa me refiero al universo donde vivimos. Respetar a la naturaleza, a nuestro cuerpo y darnos el tiempo para lo importante que no siempre es lo urgente. Nuestra familia, nuestro pedacito de domingo en todos los días de la semana, nuestro tiempo. Hoy ya tendríamos que dominar que el empresario puede encerrarse en su casa, pero el que pone el gas, el que vende alimentos, el que cura, debe venerarse como indispensable. 
Sí, tengo miedo de que no entendamos nada y que este regalo de aprendizaje se convierta en una pérdida de tiempo. Sería muy costoso tantos meses esfumados en la nada. 


Aún me persiguen sombras de sueños, tengo prisa para ir a alcanzar muchas metas y la edad es lo único que no se detiene. Nos han atado en esta pausa mientras el reloj sigue avanzando. 


¿Cómo me como al mundo sin que me dé coronavirus? 
Quizás no nos quede más que dedicar nuestra vida a vivirla como nos va tocando. Incluso este miedo, este encierro, esta pausa, nos pertenece.


¿Volveremos a ser los mismos de antes?


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