¿Por qué los hombres se enamoran de sus asistentes?

enero 28, 2021  |  Mis Articulos, Noticias

Hace algunos años me presentaron a Roberto, un empresario muy exitoso, guapo, simpático, en fin, parecía un muy buen prospecto. Comenzamos a salir y las cosas iban realmente bien, digamos que hacía todo «by the book», como el manual de las relaciones diría que se debe hacer.

En las mañanas me mandaba un mensajito de buenos días, al medio día me hablaba para saludarme y preguntarme a dónde me gustaría ir a cenar. Me llevaba a mis lugares favoritos, mandaba flores divinas, incluso a veces mandaba de regalo el «outfit» que podría llevar a la cita que tendríamos. No para imponerme mi ropa, sino que había un evento de la Guelaguetza y llego una canasta con productos de Oaxaca y hermosas blusas hechas por artesanas de allá. Otro día me iba a llevar a un baile norteño y me envío un sombrero divino y botas. En fin. Detalles muy lindos.

Todo iba de maravilla. Lo único que a mi me parecía un poco raro, es que siempre llevaba a su asistente con nosotros. No me daban celos, para nada. Sobretodo porque no era nada guapa, de hecho era chaparra, gordita, y no le coqueteaba ni nada de eso. Jamás me pasó por la cabeza que ella pudiera representar algún peligro. De hecho me caía muy bien, era muy amable conmigo, y hasta estoy segura que lo ayudaba a elegir los regalos que me mandaba y a programar las citas.

Llegó el momento en que las cosas parecían comenzar a ponerse más serias, Roberto me pidió que lo acompañara ¡a solas! a ver un departamento que quería comprar. Fuimos milagrosamente sin la asistente y él soltó un comentario clave: «Me importa mucho tu opinión sobre este lugar, sino te gusta no lo compro porque el chiste es que en un futuro, sea tuyo también.» ¡WHAT! Eso era algo muy fuerte. Era casi una declaración pre compromiso. La verdad es que por un lado me emocionó, pero por otro me intrigó muchísimo porque verdaderamente nunca estábamos solos y no teníamos una relación ni remotamente intima como para pensar en eso aún. Por su puesto no compartí mi susto, más bien sonreí y le dije lo que pensaba de ese hermoso departamento. 

Acto seguido, desapareció. 

Si. Así sin más, no volvía recibir flores, regalos, ni mi mensajito de buenos días. Se lo tragó la tierra. Yo lo busqué un par de veces, pero nada. 

Al mes, me lo encontré en el aeropuerto con la famosa y según yo, «no peligrosa» asistente, lo cual no era raro, pero esta vez había algo distinto, iban de la mano y ella traía un enorme brillante en el dedo del compromiso. Al parecer el departamento si tendría dueña, pero esa, definitivamente no sería yo. 

«¡Pero cómo es posible, esta feísima, no se te compara! Me dijo Fer, mi asistente, con quien viajaba ese día. Y… ¡Voalá! Su comentario me calló -como anillo al dedo-. Lo que Fer estaba haciendo conmigo, lo había hecho su asistente con él y es lo que lo había enamorado. Yo no podía competir con eso porque no estábamos en ese punto, es decir, le agradecía muchísimo sus detalles, lo escuchaba y ciertamente lo admiraba, pero no se lo demostraba como ella. Ella lo enaltecía, lo cuidaba, lo hacía sentir como el hombre más exitoso y maravillo del universo. Y eso, déjenme decirles que es mejor afrodisiaco que una caraza y cuerpazo.

Me lo bajó. Cuando ella supo que las cosas se iban a poner feas para ella, me desapareció del mapa y se adjudicó anillo, departamento y lo más importante, su amor. 

¿Han visto Betty en NY? ¿Conocen algún matrimonio que se destruyó porque el esposo se enamoró perdidamente de su asistente?

¿Claro! Puede ser difícil de comprender, pero es real. A largo plazo, los hombres buscan algo que no tiene tanto que ver con la belleza: sentirse Dioses. 

Vamos a basarnos en dos fuentes. 

La primera es el libro del Zojar, que habla de la corriente del judaísmo y del cabalismo. Fue escrito por Shimon bar Yojai en el siglo II, y describe al hombre como un canal de energía, como un proveedor. 

Y segunda, en un estudio realizado en la Universidad de Michigan publicados en Evolution and Human Behavior, que habla de la razón por la cual los hombres prefieren a mujeres subordinadas que poderosas. 


¿Qué quieren los hombres? 


Primero que nada, buscan un reto. A ellos no les gusta nada fácil. Lo toman, sí, un hombre no desaprovecha ninguna oportunidad para tener sexo, pero entre más rápido lo consiguieron, más rápido se desencantan y lo sueltan, por eso los romances de una noche son tan comunes y no se vuevle a saber de ellos. 

Segundo, les gusta sentirse admirados, superhéroes, exitosos, guapos y únicos. ¿Cómo es posible que Betty la fea, logra enamorar a un hombre guapísimo y millonario, a punto de casarse con una mujer divina, poderosa y dueña de empresas? Muy fácil, la mujer «perfecta», lo ve como un igual, no le aplaude absolutamente nada, no necesariamente lo admira pues ella puede hacer lo mismo, no lo necesita y no lo hace sentir necesario. Mientras que la asistente lo ve como un Dios, es su porrista, todo el día le repite lo inteligente que es, no le reclama ni le reprocha nada, por el contrario, lo enaltece en cada oportunidad y está ahí. 

Los hombres, según algunas culturas, como les decía anteriormente, son canales de energía, el trabajo de las mujeres es procesar dicha energía. Es como la semilla y la tierra, ellos son la semilla, los proveedores, los dadores, y ellas son la tierra fértil que reciben la semilla y generan vida. Así mismo, la mujer que sabe canalizar esa energía, es capaz de enamorarlo, activándolo, impulsándolo.

Un ejemplo, a los hombres después del sexo no les interesa cómo estuvo el acto en sí, sino cómo estuvo él. Por eso el mejor afrodisiaco termina siendo alguien que los admire, que los reconozca, que los motive. Si el hombre siente que lo que da no es apreciado, se desactiva y se desenamora.

Estudios de la Universidad de Michigan publicados en Evolution and Human Behavior, mostraron que en relciones avanzadas, los hombres se sienten más atraídos ante mujeres menos poderosas que ellos. La razón puede ser que con sus empleadas, no se sentían inseguros, al contrario, eran los superheroes.

La doctora Ellen Berscheid, de la Universidad de Minnesota, se remonta hasta las interpretaciones psicoevolutivas de la conducta humana y dice que el inconsciente del hombre siente que una mujer poderosa lo puede engañar con otros, mientras que una suboridinaria le será fiel. No importa si eso esté alejado de la realidad, muchos así lo sienten.

También hay estudios como el de la Universidad de Oxford, que aseguran que los hombres no maduran hasta después de los 43 años. Y es real, sin necesidad de analizar su cerebro, podemos observar que suelen ser como niños chicos que necesitan reconocimiento constante. 

Un pequeñito aprecia más lo que le cuesta trabajo obtener y necesita que todo el tiempo le estén chuleando su dibujo, su idea, su logro. Así crecen los hombres. Igual.
De adulto, cuando sienten que no pueden proveer lo que ellas buscan, que no es suficiente, y no se sienten exitosos, se frustran y buscan en donde sí llenen las expectativas. 

Muchas mujeres rechazan el trabajo de convertirse en porristas de sus parejas, sin embargo, las asistentes ni lo dudan, lo hacen y se convierten en las que logran potenciar todo en ellos.

Por su puesto, no podemos generalizar, pero esto ocurre con frecuencia y es porque las secretarias se convierten en fans de sus jefes. Y una mujer que admira a un hombre, es lo mejor para impulsarlo. Así, los hombres se entregan y dan todo lo mejor cuando se sienten apreciados y valorados. Y mágicamente es justo lo que las mujeres necesitan, que les den amor, atención, que las cuiden, porque eso es lo que las hace sentirse únicas y amadas. Y mágicamente se logra un círculo virtuoso perfecto.


Puntos importantes:

La convivencia genera lazos fuertes, como el amor. Los jefes y las asistentes pasan mucho tiempo juntos y además, sin peleas ni reclamos.

La posición de superioridad es otro factor, como vimos en los estudios. Las asistentes genuinamente o no, tienen que mostrar admiración por sus jefes. Lo cual los motiva a dar más.

En conclusión, no importa si una mujer es poderosa, millonaria, guapa, fea, flaca o gorda, esas cosas pueden servir de gancho, pero no de ancla. Lo que la mayoría de los hombres necesita y quiere, por su propia naturaleza, es una mujer que lo impulse a ser justamente lo que ella necesita. A entregarse, a amarla.


Leave a Reply