Armando Manzanero. El Rey del romantisismo

Armando Manzanero. El Rey del romantisismo

diciembre 28, 2020  |  Mis Articulos, Noticias


Pocas personas tienen el privilegio de conocer a fondo a la persona a quien admiran. Yo fui una afortunada desde muy pequeñita de estar conectada al gran maestro Manzanero. Lo conocí de niña porque era el abuelo de mi amiga Mariana (hija de Armando hijo y Rosalba). Recuerdo que me daba mucha risa como nos hablaba, con un acento un poco más yucateco de lo que hablaba en la actualidad, quizás porque en esas ocasiones estaba rodeado de su familia de Mérida y se le pegaba el tono. A mi me emocionaba verlo porque desde aquel entonces me gustaban sus canciones y soñaba con enamorarme así, como el contaba en su música, pero no dimensionaba que estaba frente a un ser inmortal. Al artista más grande de nuestros tiempos.

Años después conocí a mi querida Cristina, su exesposa y una mujer a quien he querido mucho, la musa de «Somos novios». En su momento, fue como mi tía favorita y una de las personas que confió en mi para ayudarme a conseguir mi primer trabajo al regresar de haber vivido en Italia. Mi querido André Barren, me aceptó como Directora Creativa en Televisa, gracias a la ayuda de Cris.

Armando hijo era muy amigo de mis papás, «El Peras» le decían de cariño y se iban siempre al Premier o a una «disco ochentera» que tenía en su casa. Juan Pablo y Mainca también han estado presentes siempre, ella con sus deliciosos pasteles que de pronto llegan a mi casa, en mi cumpleaños y Juanpa con sus composiciones como «Úneme» y sus mensajes llenos de buena vibra. «Mi papá te consideraba familia, Yaz,» me dijo hace un rato que hablé con él, y sus palabras abrazaron ese pedazo de mi corazón que se fue con el maestro al cielo.

Años más tarde, mi querido amigo Manuel, me invitó a comer con él. Al llegar, se levantó de la mesa y me dijo: “Quiero decirle que la admiro muchísimo, siendo usted tan joven, da las noticias de una forma muy especial, muy inteligente, mesurada. Diario la veo.»

Por su puesto que no le creí, le dije que la admiradora era yo, de él. Así que me comenzó a dar algunos datos de lo que había sucedido en mi programa los días recientes. Era verdad, el maestro Manzanero me veía en la tele y estaba muy empapado de la política de México. Mi emoción fue absoluta, de broma le dije que si podía grabarlo diciendo que era fan de mi programa, pues nadie me lo creería, y me ofreció algo mejor, decirlo al aire, en mi noticiario. Y lo hizo.

Desde ese día nos hicimos muy amigos. Comíamos con frecuencia en un restaurante de comida árabe en el centro histórico, «Al Andaluz», ahí nos atendía Fuad o Mohamed, quienes ya sabían exactamente lo que le gustaba al maestro, él pedía para todos en la mesa, y era tan increíblemente caballeroso que hasta nos servía; cuando la mesa era muy grande, se levantaba para alcanzarme el jocoque o el pan, mientras contaba anécdotas sobre su infancia, sobre su madre que leía las cartas cuando él era niño; o sobre las canciones que había compuesto.

«A mi me gusta mucho cocinar, cuando vaya a Mérida verá. ¿Usted cocina, Yazmin? Me preguntó.

“No maestro. A mi se me quema el agua.” 

“No, no Yazmin! Verá que cuando ame de verdad, aprenderá a cocinar.” Me aseguró con esa sabiduría que solo él tenía. Y sí, durante los días de encierro de la pandemia aprendí a cocinar. Por amor. Pero no me dio tiempo de contarle.

También llegamos a ir a un restaurante de chiles en nogada que estaba por mi oficina, en Avenida Universidad, al Club de Industriales en donde recuerdo que cantó y cantó con un trío que llevó mi querida Natalia para un encuentro con el Dr. Raúl que lo admiraba muchísimo. Y por su puesto, en donde se sentía más cómodo, en la Sociedad de Autores y Compositores en donde pedía comida de Mayita y juntaba a todos sus amigos, como Martín Urieta, Alex Lora, Fato y Carlos Macías, para organizar deliciosas bohemias. 

Era increíble cómo se le acercaba la gente para pedirle una fotografía o contarles como se enamoraron con sus canciones, siempre fue amable con todos, jamás regateó su tiempo ni su cariño. Sencillo, único. 

Un día, me llamó mi jefe, Memo, para decirme que tenía que entrevistar a Manzanero en mi programa.

¿A Juan Pablo? Le pregunté.

“No, a Armando Manzanero. Lo invitamos al canal y dijo que sólo aceptaría si tú lo entrevistabas.”  Por su puesto que el maestro me habría llamado para decírmelo él mismo, pero quería que me reconocieran y sabía que eso ayudaba. Por eso se le ocurrió, junto a Juan Pablo, hacer los «Martes de bohemia», en donde me organizaban llevar cada semana a un compositor de la SACM. Un éxito.

«Yazmin, usted tiene que hacer un programa de música. Lo podemos hacer en la Sociedad de Autores y yo la voy a ayudar en todo. Nadie tiene el don de entrevistar como lo hace. Serán unas bohemias maravillosas. La gente necesita un programa así.» Me dijo un día. Y a mi me encantó su idea. Pero me dejó con las ganas.

El maestro iba acompañado de su poesía y de su piano. Llegaba a las comidas con todo y el instrumento, como si fuera una guitarra, y me contaba que no hacía falta inspiración ni musas, sino trabajo constante. Que diario se levantaba temprano para encontrarse con el pentagrama y trabajar. “El que es compositor, compone con, sin o por. Con musa, sin musa o por encargo.” 

El maestro fue disciplinado, puntual, centrado… Llevaba un cuadernillo donde iba anotando ideas, frases que escuchaba o que le surgían. Jamás hizo creer a nadie que su arte salía de la nada, no, siempre dejó claro que la magia surge tras mucho trabajo y esfuerzo. Madrugaba, estaba presente, nunca dejaba para después las cosas y hacía lo que tenía que hacer para que sucedieran. Más de 400 canciones, todas perfectas, lo demuestran.

Así era el maestro Armando Manzanero. Orgulloso de su origen maya, sin sospechar lo inmensamente grande que era, que es y que será siempre. Me trataba como un admirador, sin percatarse de que yo, y cualquiera, estábamos rendidos a sus pies. 

Escucharlo hablar era cómo escuchar sus canciones. Poesía. Y así vivirá por siempre, como el gran poeta del romanticismo.

Maestro, “Nos hizo falta tiempo” con usted… Gracias por su música, gracias por su amistad. Gracias por el legado de amor que deja, por su sencillez, por compartir el gusto por la gastronomía y por la vida… No solo ha sido el mejor compositor de nuestro país sino un ser humano maravilloso. 

 Usted vivirá siempre… ¡Fue un privilegio conocerlo y quererlo! ¡Hasta siempre!




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